Tecnomaga Koriel Zeth ante la traición de Kelbor-Hal
Relatamos ya la etapa final de la campaña del Cisma de Marte en la misión Caja de Huesos. Las fuerzas traidoras leales a Kelbor-Hal descendieron a las profundidades del Perditus marciano, para alcanzar la cámara conocida como la Caja de Huesos, donde intentaron aislar a las fuerzas leales que intentaban hacerse con sus secretos tecnológicos y, allí, urdieron un plan maquiavélico contra las fuerzas leales a base de sabotajes y hostigamiento para evitar que pudieran replegarse y huir.
En esas horas tan demenciales, cuando las fuerzas astartes y resto de apoyos imperiales trataban de abrirse paso para huir con información relevante en su lucha contra el architraidor Horus, las fuerzas del autoproclamado Manceps Redentor Supremo, Cráneo, junto a las huestes del Mechanicum Oscuro mostraron una capacidad terrorífica de combate que sólo los mejores guerreros de la humanidad pudieron afrontar.
Mechanicus traidor y Milicia con Hijos del Emperador traidores vs Caballeros Questoris leales y el Adeptus Custodes
La tecnomaga Koriel ya lo había advertido: los túneles que se circunscribían en los alrededores de la sala sellada conocida como la Caja de Huesos conformaban un laberinto de salas y forjas olvidadas hacía siglos. El polvo y la herrumbre lo cubrían todo.
Las fuerzas traidoras se apresuraron a urdir una emboscada de proporciones pavorosas, una trampa mortal concebida en las profundidades de la locura y alimentada por los designios más oscuros de la traición. A su servicio marchaban aberraciones mecánicas arrancadas de las peores pesadillas del Inmaterium, horrores de metal y carne profanada, acompañados por las fanáticas huestes de la Legio Publicana, cuya lealtad al demente Cráneo permanecía inquebrantable. Cegado por una insaciable sed de poder, este aspiraba a acumular la fuerza suficiente para enfrentarse algún día al mismísimo Horus Lupercal en términos de igualdad, disputándole el dominio de una galaxia desgarrada por la guerra. Una ambición tan desmesurada lindaba con el delirio, aunque solo era comparable a la astucia con la que Cráneo había logrado atraerse el favor de una delegación de los Hijos del Emperador, puesta bajo el mando del tecnosacerdote Imgrael. Tal alianza, tan improbable como peligrosa, añadía un nuevo filo a las armas de la traición.
Por su parte, las fuerzas del Mechanicum Oscuro, con el temible Salv-0-Dex a la cabeza, una vez consolidado su dominio sobre la zona, se desplegaron con la fría precisión de una máquina de matar. No había lugar para la improvisación ni para el azar en sus cálculos: cada unidad, cada posición y cada línea de tiro obedecían a un único propósito, maximizar la mortandad entre las filas leales. Los terroríficos mirmidones ocuparon posiciones de caza, mientras las cohortes de thallaxii avanzaban por los corredores y túneles abandonados, convirtiendo aquellas entrañas de piedra y metal en un laberinto de muerte. Allí, entre las ruinas de un mundo olvidado, se disponían a cerrar una trampa de fuego cruzado cuya geometría mortal no dejaría a sus presas más salida que una huida desesperada o una muerte atroz.
Y, como si semejante despliegue de horrores no bastara, Cráneo había arrojado a la contienda a una milicia condenada, una horda de hombres consumidos por el fanatismo y trastornados por la visión de grandeza que su lunático señor les había inculcado. Marchaban hacia la batalla con el fervor febril de quienes ya no distinguían entre la gloria y la aniquilación, convencidos de que arrasarían a los leales o perecerían en el intento. Para ellos, la muerte no era una amenaza, sino el precio que debían pagar por la promesa de una eternidad gloriosa. Nada podía apartarlos de aquel destino, pues la visión de Cráneo había devorado cualquier vestigio de cordura, compasión o temor.
A su disposición aguardaban los colosales tanques Baneblade, escuadrones de combate dispuestos para ejecutar maniobras coordinadas y el respaldo de los legionarios Astartes Inductii, guerreros forjados en la urgencia de una guerra que había convertido la lealtad en una sentencia de muerte. Aquellas fuerzas constituían el as que Cráneo había reservado para el momento decisivo, la última pieza de un rompecabezas cuya forma solo existía en su mente febril. Cada movimiento, cada alianza y cada vida sacrificada lo habían conducido hasta aquel instante. Ahora, convencido de hallarse a las puertas de su apoteosis, se disponía a consumar la obra de su ambición y a cimentar definitivamente su poder sobre los cadáveres de sus enemigos.
Porque Cráneo ya no aspiraba simplemente a vencer. Aspiraba a elevarse por encima de todos, a desafiar a los señores de la guerra y a inscribir su nombre en los anales de una galaxia condenada. Y para alcanzar aquella gloria imposible, estaba dispuesto a convertirlo todo en cenizas.
Turno 1
Las fuerzas leales iniciaron la batalla avanzando desde el centro de la mesa, con el objetivo de asegurar corredores despejados para sus unidades más lentas y facilitar el despliegue del grueso de sus efectivos. Gracias a la movilidad de la mayoría de sus tropas, capaces de desplazarse por el aire o avanzar con rapidez, pudieron organizarse sin grandes dificultades en dos frentes de ataque contra las posiciones traidoras. No obstante, su capacidad ofensiva durante este primer turno fue limitada por la obligación de efectuar disparos rápidos (Snap Shots), lo que redujo la eficacia de su fuego inicial.
Las fuerzas traidoras, por su parte, adoptaron una disposición orientada a bloquear el avance enemigo y dificultar sus movimientos siempre que fuera posible. Sin embargo, el despliegue presentó importantes dificultades logísticas. La escasa distancia entre ambos ejércitos reducía el margen de maniobra, mientras que la estrechez de la zona de despliegue traidora dificultaba acomodar al elevado número de unidades movilizadas para la batalla. Como consecuencia, los traidores tuvieron que concentrar sus efectivos en un espacio reducido, condicionando su capacidad para establecer una línea defensiva eficaz desde el comienzo del enfrentamiento.
"Conocerán nuestra furia..."
"...y saborearán su venganza"
El primer turno se saldó con un elevado nivel de destrucción en ambos bandos. Varios Caballeros cayeron bajo el fuego enemigo, mientras los tanques eran reducidos a chatarra entre explosiones y columnas de humo. El estruendo de las armas pesadas se mezcló con los gritos de angustia y desesperación de quienes combatían en primera línea, dejando claro que el enfrentamiento iba a ser especialmente cruento desde sus primeros compases.
En el apartado de objetivos, las fuerzas leales consiguieron el reconocimiento Giant Killer para su Caballero Imperial de clase Átrapos, mientras que ambos bandos lograron anotarse Primera Sangre. Un comienzo demoledor que dejó el enfrentamiento abierto y confirmó que ninguno de los dos ejércitos estaba dispuesto a ceder terreno sin luchar.
Sargento Aurelian, en el Callejón de Sangre
Turno 2
Es curioso cómo la historia condena al olvido a miles de generales que precedieron a otros, hombres que dirigieron ejércitos, tomaron decisiones y sacrificaron cuanto tenían en busca de una victoria que, en ocasiones, ni siquiera llegó a llevar sus nombres. Cráneo lo comprendió demasiado tarde. Ni el valor demostrado por sus tropas, ni su determinación, ni el hecho de que ninguno de sus soldados hubiese retrocedido un solo palmo de terreno podían cambiar una verdad tan antigua como la guerra: hay fuerzas contra las que no se puede luchar, por mucho que uno esté dispuesto a entregar la vida en el empeño.
Nadie vio caer al general de la milicia. Nadie presenció una última resistencia digna de ser recordada, ni hubo una muerte gloriosa que mereciera quedar grabada en la memoria de los supervivientes. La confusión era absoluta. A su alrededor se derrumbaban colosales máquinas de guerra, cuyos estruendos sacudían los complejos subterráneos, mientras escenas de una violencia extraordinaria reclamaban toda la atención de quienes aún conservaban la vida. En medio de aquel caos, su final pasó inadvertido, sepultado bajo el estrépito de los combates y la caída de gigantes de acero.
No habría canciones para él, ni crónicas que recogieran sus últimos momentos. Su nombre se desvanecería con el polvo levantado por las explosiones, como el de tantos otros que perecieron en aquellas profundidades sin que nadie llegara a conocer su sacrificio. Su muerte no tendría nada de excepcional. Y quizá esa fuese la parte más cruel de todas: haber luchado hasta el final para terminar convertido en una ausencia que nadie echaría en falta.
Mientras tanto, lejos de semejantes reflexiones, las fuerzas de los Custodios se lanzaron contra el grueso del ejército traidor. Su objetivo era abrirse paso a través de las líneas enemigas y alcanzar una vía de escape hacia el exterior de los complejos subterráneos. No había tiempo para detenerse ni posibilidad de retroceder. Cada metro conquistado los acercaba a la salida, pero también los obligaba a internarse más profundamente en el corazón de la resistencia enemiga. La retirada había comenzado, y los Custodios tendrían que abrirse camino a sangre y fuego si querían sobrevivir para abandonar aquellas profundidades.
El combate continuó desarrollándose en medio de un auténtico torbellino de movimientos, disparos y enfrentamientos simultáneos. Las unidades de ambos bandos se entremezclaban por toda la mesa, los frentes se desdibujaban y la situación cambiaba de un punto a otro con tal rapidez que resultaba difícil seguir el desarrollo de la batalla desde una perspectiva terrestre.
Para comprender realmente lo ocurrido durante este turno, lo mejor es recurrir a una vista aérea del campo de batalla. Solo así puede apreciarse con claridad la disposición de las fuerzas, la evolución de los distintos frentes y la magnitud del caos en el que se había convertido el enfrentamiento.
Seamos sinceros: el reparto de efectivos no invitaba precisamente al optimismo traidor. La superioridad de los leales terminó imponiéndose sobre el terreno, mientras las fuerzas de Cráneo pasaban de intentar contener el avance enemigo a buscar desesperadamente la manera de evitar el desastre.
Pero, oye, alguien tenía que poner las bajas, los escombros y las anécdotas para el informe de batalla. Y en esta ocasión, parece que el Caos hizo horas extra.
A esas alturas, el desenlace estaba prácticamente decidido. Los traidores aún podían combatir, pero ya no imponer el ritmo de la batalla. Lo que quedaba era intentar causar el mayor daño posible antes de que los últimos leales consiguieran escapar de los complejos subterráneos.
Nos quedamos con la grandilocuente frase del archimagos de los escuadrones mirmidones que lograron replegarse tras la huida leal.
"Fuimos un susurro en la historia"































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